La historia y papel de la mujer: resistencia y lo que pudo ser

Empecemos un breve viaje por la historia

Según la ciencia de la antropología, en el paleolítico, las evidencias sugieren que las sociedades de las especies del género homo, desde el homo erectus hasta el homo sapiens, eran nómadas, cazadoras y recolectoras. La caza era crucial a menudo masculina pero la recolección proporcionaba la mayor parte de la dieta diaria y ésta era llevada a cabo por las mujeres con sus hijos, era clave. Como un dato que para mi tiene mucha importancia es la duración de esta etapa en la evolución del ser humano. El paleolítico duró unos 2,5 millones de años, impresionante.

La capacidad de las mujeres de gestar y amamantar las dotó de un aura de misterio y poder. No se puede afirmar que existieran matriarcados pero sí es muy probable que hubiera una mayor equidad basada en la contribución esencial de todos los miembros del grupo.

Qué pasó en la siguiente etapa, la del neolítico, con la invención de la agricultura y la domesticación de animales, pues que se produjo la Revolución Neolítica y eso cambió todo. Importante, esta etapa duró unos 8.000 años, más impresionante si la comparamos con la anterior.

La sociedad se hizo sedentaria y el concepto de propiedad y de excedentes derivó en el control de la tierra y del ganado, lo que provocó la aparición de la propiedad. En consecuencia la paternidad empezó a tener otra importancia, la de la herencia. Este cambio económico pudo ser el detonante de un proceso constante de patrilinealidad, es decir, descendencia por la línea paterna y del patriarcado, donde el hombre ya empezó a ostentar la autoridad. La mujer a parte de ocuparse de la cría de animales y de la agricultura, empezó a ser vista como un activo más, pues eran ellas las que reproducirían a su descendencia.

A partir de aquí, en la Antigüedad Clásica, se construye el patriarcado legal, exceptuando quizás a Egipto donde las mujeres gozaban de un estatus legal relativamente alto y aunque existieron Faraonas, los puestos de máximo poder y religioso seguían siendo predominantemente masculinos.

En la Antigua Grecia, la democracia era solo para hombres libres, las mujeres a gestar y gestionar el hogar. No tenían vida pública ni política. Esparta en cambio, ofrecía un modelo diferente, las mujeres gestionaban las propiedades mientras los hombres guerreaban y gozaban mayor libertad de movimientos. Roma fue muy parecida a Grecia.

En la Edad Media, con la caída de Roma y el ascenso del cristianismo y el feudalismo, la doctrina de la iglesia fue ambivalente. Por un lado, exaltaban la figura de María como modelo de pureza y maternidad pero por otro lado, Eva era la pecadora. Esto creó el dualismo Maria/Eva: madre casta vs. Pecadora seductora.

Durante el Feudalismo, las mujeres tanto en la Alta nobleza, donde se usaban para los matrimonios arreglados, mientras sus maridos estaban en guerra, gobernaban castillos, administraban tierras y ejercían el poder judicial, como las campesinas, trabajaban el campo, cuidaban del hogar, los animales y los hijos. Una vida dura y sujeta a la autoridad del señor feudal y de su marido.

Entonces los conventos era el único lugar donde la mujer podía aprender a leer, escribir, gestionar propiedades y en algunos casos, convertirse en figuras de enorme influencia como escritoras, compositoras y consejeras de papas y emperadores, nunca como mamas y emperadoras, claro. Los hombres siempre por encima.

En la Edad Moderna, con el renacimiento y el humanismo, la Revolución Cultural que se produjo, resultó ser un retroceso para la mujer. El ideal humanista del «hombre universal» era masculino. Además creció la idea de que la educación formal dañaba la mente femenina. Fue cuando se empezaban a alzar voces femeninas en lucha contra esta corriente.

La Caza de Brujas, la Ilustración con filósofos que excluían a las mujeres de” los Derechos del Hombre”. Olympe de Gouges, en respuesta, redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadanía, por lo que fue guillotinada.

Entramos en la Edad Contemporánea, marcada por la Revolución Industrial y las olas del feminismo. La lucha de las mujeres se centró en obtener los derechos jurídicos básicos: el sufragio, el derecho a la educación superior y a la propiedad. Fue una batalla larga y dura y finalmente se aprobó el sufragio femenino. En España fue en el año 1931 gracias a Clara Campoamor. La segunda ola la protagonizó la píldora anticonceptiva. La mujer obtenía más poder sobre la decisión de ser madre y más igualdad en cuanto a la libertad sexual, la igualdad en el trabajo y contra la opresión en el ámbito doméstico y cultural.

Una vez hecho este fugaz viaje a través de la prehistoria y la historia de nuestra especie, me sugiero una reflexión.

Hace tiempo que me acompaña una pregunta: ¿cómo llegamos a vivir en un mundo tan desequilibrado entre hombres y mujeres?

Pienso en mi abuela y mi madre. Ellas gobernaban su casa con una fuerza silenciosa que nadie discutía, aunque su nombre nunca apareció en una escritura. En ese detalle reconozco la historia de tantas mujeres: imprescindibles, pero invisibles.

Antes del Neolítico, hombres y mujeres compartían la vida en un equilibrio natural. La caza, la recolección, el cuidado, todo formaba parte de un mismo esfuerzo. Pero la agricultura cambió las reglas. Almacenar y proteger recursos dio paso al miedo de perderlos, y el miedo levantó jerarquías. La fuerza empezó a pesar más que el cuidado.

La mujer quedó relegada, reducida a madre, cuidadora, objeto. No porque no tuviera valor, sino porque ese valor no se quiso reconocer. Aun así, nunca dejó de resistir. Hubo mujeres que alzaron la voz, que pensaron distinto, que sostuvieron la vida en silencio cuando nadie miraba.

A veces me pregunto cómo habría sido todo si ese equilibrio no se hubiera roto. Si hombres y mujeres hubieran sumado sus habilidades en lugar de competir. Un mundo donde la fuerza y el cuidado hubiesen tenido el mismo peso. Tal vez no existiría el patriarcado. Tal vez hoy no estaríamos hablando de derechos conquistados, sino de una igualdad que siempre hubiera estado ahí.

La historia de la mujer es, al final, una historia de resistencia. Cada avance, cada derecho, cada paso, se logró contra estructuras pensadas para mantenerla atrás. Esa fuerza, nacida de la adversidad, ha hecho que la conciencia femenina creciera hacia dentro, desarrollando intuición, empatía y resiliencia.

El hombre, en cambio, ha tenido que aprender más tarde…

La fuerza del hombre, marcada por la biología y por la cultura, lo llevó a expandir imperios y levantar estructuras. Ahora su reto es otro: mirar hacia dentro, reconocer privilegios heredados, y aprender que la empatía no es debilidad, sino una nueva forma de fuerza.

El mundo que imagino no es uno donde una energía sustituya a la otra, sino donde ambas convivan. La expansión y la sensibilidad, la fuerza y el cuidado, caminando juntas.

No es una utopía. Es un camino pendiente. Es el espejo en el que me miro hoy. Esta es la comprensión que da sentido a muchas de mis propias luchas y preguntas. Y por supuesto pienso en todas las mujeres que resistieron en silencio y siento que ya tenemos parte del mapa, pero para tener el mapa entero necesitamos que el hombre comprenda y amplie su consciencia.

La historia de la mujer es, en esencia, la historia de la humanidad misma, contada desde la perspectiva de la mitad de su población, una historia de resistencia, ingenios y una lucha constante por conseguir su voz propia.

Nosotras no podemos ceder terreno, ni un paso atrás, todavía ruge la fuerza y la inconsciencia masculina.

— Maria

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