Cuando el oasis soy yo
Mi hogar es un manantial de agua fresca que brota donde yo me encuentro. No es una casa, ni una ciudad: es la luz del silencio que se enciende cuando recupero mi propio pulso, allí donde estoy, en cualquier punto del universo.
Fuera, el desierto de ideas avanza: voces ajenas, titulares, prisas, obligaciones huecas que se incrustan como granos de arena bajo la piel. Cada uno lleva su telaraña de ruido; al principio apenas pica, pero al cabo de horas siento como se me apaga la brújula interna. Entonces sé que he perdido el camino.
Pongo la basura en cuarentena: la etiqueto, la nombro y la dejo a un lado. Aún así, la sed continua. Avanzar se vuelve un ejercicio de ceguera: doy pasos que no registran huella, cuento dunas que no conducen a ninguna parte.
Hasta que, sin preámbulos, respiro.
Y está
El manantial vuelve a brotar. El agua sólo refleja mi propio rostro y ese reflejo es mi casa. Lo sé porque el ruido se va disipando, porque la arena deja de quemar.
Mañana volverá la tormenta
Pero hoy, por ahora, bebo.
