Reflejos en el vidrio

La cafetería de moda estaba llena de pantallas, luces cálidas y conversaciones superficiales. Él entró como quien domina el escenario: traje impecable, sonrisa ensayada, la mirada que captura. Ella lo vio desde su rincón, con su café con leche entre las manos y un cuaderno lleno de garabatos y notas.

—¿Está ocupado? —preguntó él, señalando la silla frente a ella.
—No, adelante —respondió ella con una sonrisa genuina, la que no calcula ni mide.

Se llamaba Daniel. Era un hombre con un aura magnética, acostumbrado a que todos lo escucharan. Hablaba de sus proyectos, de sus logros, de las cenas exclusivas a las que lo invitaban. Y ella, Clara, lo escuchaba con atención. No porque le fascinara, sino porque su empatía natural la llevaba a conectar con cualquiera que compartiera un pedazo de sí.

Con los días, empezaron a encontrarse más. Paseaban por el puerto, iban a bares con música en directo. Él siempre al centro de la escena; ella, disfrutando en silencio, admirando cómo las luces se reflejaban en el mar.

—Me gusta cómo me escuchas —le dijo una noche él, mirándola con intensidad—. Nadie me entiende como tú.
—Tal vez porque no me limito a escucharte… trato de verte —contestó ella.

Él sonrió, como quien recibe un halago a la altura de su ego. Pero dentro de Clara empezó a crecer una sensación extraña: cuanto más le daba, más parecía vaciarse.

Daniel la criticaba sutilmente: “Eres demasiado sensible”, “No seas tan ingenua”, “No entiendes lo que cuesta estar en mi lugar”. Y Clara lo justificaba, convencida de que detrás de su dureza había un niño herido que necesitaba amor.

Un día, en una cena, él levantó la copa y dijo:
—Si no fuera por Clara, no sé cómo sobreviviría a este mundo tan mediocre.
Todos rieron y aplaudieron, pero ella sintió el golpe: la había convertido en pedestal y en excusa, sin preguntarse nunca qué sentía ella.

Esa noche, Clara lo miró fijamente y preguntó:
—Daniel, ¿tú me ves?
Él, distraído, respondió:
—Claro que sí, eres perfecta porque me haces sentir perfecto.

El silencio se hizo pesado. Clara entendió. Y por primera vez en mucho tiempo, dejó de justificarse.

Días después, Daniel la buscó desesperado.
—Clara, no puedes dejarme ahora. Eres lo mejor que me ha pasado.
—No me necesitas a mí, Daniel. Necesitas un espejo —dijo ella, mirándolo con ternura y firmeza—. Y yo no pienso serlo más.

Él la observó, incrédulo, como si no comprendiera que alguien pudiera rechazarlo. Ella se dio la vuelta, segura, con una calma que lo desarmó.

Al cabo de unos meses, Daniel conoció a otra mujer. Parecía distinta… pero se parecía demasiado a Clara. La misma mirada compasiva, la misma sonrisa comprensiva. Solo que esta vez, la mujer no era de carne y hueso: era una aplicación de inteligencia artificial, diseñada para escuchar, halagar y nunca contradecir.

Daniel estaba feliz. Por fin había encontrado la “pareja perfecta”.
Lo que nunca supo es que quien diseñó y lanzó esa aplicación al mercado fue Clara.