Rebelión contra los roles interiorizados

Hoy he entendido algo con bastante claridad. Mientras volvía a mi casa, me encontré, como en otras ocasiones, a una vecina. Ella también llegaba a su casa, se le notaba algo apresurada y con un suspiro me saludó: «hola vecina, ahora toca hacer la comida». Yo sabía que venía de trabajar o venía de hacer recados y también sabía que, por el contrario su marido ya jubilado y su hijo adulto estaban en el bar, disfrutando de sus momentos.

Esta imagen tan cotidiana y a la vez tan injusta, me ha desatado un cúmulo de pensamientos.

Me he dado cuenta de que a todas las personas, desde que somos pequeños, nos inculcan un guion para saber qué tenemos que hacer, aprender y ser en la vida. Es un papel que tenemos que desempeñar y es curioso, como lo vivimos como si fuera la verdad absoluta, como si fuera la unica realidad. Ahora veo que todo forma parte de una verdad que nos han implantado para mantener un orden, que se basa en la desigualdad y la esclavitud disfrazada de deber.

Mi vecina es el vivo ejemplo de que alguien que nunca ha podido o quizás nunca se ha atrevido a abrir los ojos. Su vida transcurre dentro de esos límites impuestos, el rol de la cuidadora, la responsable, la que carga con todo el peso invisible del hogar. Lo hace de manera automática, convencida de que ese es su deber, cuidar y cuidar… -«Ahora a hacer la comida», no es una elección, es un deber programado.

Y lo más grave ya no es sólo esa injusticia del acto en sí, sino la resignación. Y mi pregunta es ¿por qué? ¿Por qué pueden haber personas que no consiguen despertar? ¿por qué hay personas que siguen los roles que les implantan otros y no se rebelan?… Supongo que aquí intervienen un sinfín de causas…

Los motivos son profundos:

La ignorancia, no es sólo falta de información, es la ausencia de saber que la vida tiene alternativas infinitas y que no sólo existe un mapa escrito en tu mente. Si tu mundo ha sido siempre así, si nunca has visto otro modelo ¿Cómo vas a saber que existe un camino diferente? es una prisión sin barrotes visibles.

El miedo, es el guardián más feroz de la zona de confort. El miedo a quedarte sin identidad si dejas de ser «la que todo lo hace». El miedo al conflicto, al rechazo, a que te señalen de egoista o de mala madre. Y quizás el mayor miedo, el miedo a la libertad misma. A la abrumadora responsabilidad de tener que elegir tu propia vida y ser dueña de tus decisiones.

El cansancio, la fatiga crónica no deja espacio para el pensamiento profundo, para la reflexión. Cuando estás agotada, luchas por sobrevivir al día a día, no por cuestionar el sistema que te agota.

Las consecuencias de vivir dormida de este modo son devastadoras. Para ella, significa una lenta anulación, la pérdida de su identidad, sus sueños, su energía y su salud, sustituidos por una frustración que quizás nunca llegue a expresar. En su familia y en la de tantas y tantas otras mujeres, se crea una dependencia y una incompetencia tan sin sentido, donde los hombres se vuelven incapaces de cuidar de sí mismos y se recrean en un modelo de comodidad tan egoísta, que me hace pensar que esa relación no está basada en un buen amor sino en una simple necesidad. Este es un ciclo que se repite, sino hay un despertar personal de la mujer.

Al final, hoy he sentido una emoción intensa al verla y por ello he necesitado tomar un tiempo de pensamiento y de reflexión sobre este tema y dejarlo plasmado. Así libero mi mente de una profunda indignación, de una tristeza por la vida que ella no ha vivido, por las conversaciones que no ha tenido, por los libros que no ha leído y por el ocio que no se ha permitido. Hablo de mi vecina y estoy viendo la vida de mi madre pasar por mi cabeza…

Esta reflexión, este malestar, es incómodo y a la vez un regalo. Es la señal de que mis ojos están abiertos. Es un recordatorio brutal y necesario de que yo no quiero vivir en piloto automático. Que debo cuestionar constantemente los roles que heredé, desaprender lo que me enseñaron y tener el valor de reescribir mi propio guion, aunque asuste. Creo que nunca es tarde y creo también que lo he conseguido y que sigo en un buen camino.

Porque la verdadera esclavitud no es tener las manos ocupadas, sino tener la consciencia adormecida. Y hoy, gracias a una escena cotidiana, he reafirmado mi compromiso con mantenerme despierta.

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