«Geografía de una alma silenciosa»

Soy una mujer de aguas tranquilas, aunque profundas. Calma, sencillez, una forma pausada de mirar la vida, como quien sabe que no hace falta mucho para ser feliz. Sin embargo, en mi mundo interior, late un cosmos rico, cargado de pensamientos, reflexiones y una sensibilidad aguda.
Mi corazón busca instintivamente lo genuino, lo leal, y la superficialidad me hiere como una espina. Por ello, disfruto de la soledad; en ella no hay decepciones ni artificios. Soy sencilla en mis formas, pero no simple en mi sentir. Mi vida está tejida con la calidad y la verdad de los pequeños instantes.
Hay momentos donde el mundo se alinea y siento que todo encaja. Sucede, por ejemplo, cuando camino por un sendero sombreado, sintiendo el aire puro filtrarse en mis pulmones. El sonido de mis pasos se mezcla con el viento y el eco de los alegres e inocentes saltos de mi perrita entre los matorrales. Ahí, me siento completamente llena de vida.
La misma sensación me inunda cuando estoy en la orilla del mar, sintiendo la arena húmeda en mis pies o sencillamente cuando me siento a observar las olas que van y vienen con un ritmo sosegado, como si el océano estuviera respirando al ritmo de mi corazón. El olor a sal en el viento, el horizonte de un azul infinito y abrumador… ese simple hecho me recuerda que soy y que pertenezco.
Me siento viva también cuando bailo. No importa si estoy sola en casa; si una canción que amo comienza a sonar, mi cuerpo se activa de inmediato. Bailar me conecta con una energía profunda, invisible, casi instintiva. Es como si por unos minutos sólo existieran el movimiento, el ritmo y una sonrisa imparable.

Y por supuesto, está la vida menuda que florece, las plantas, la paciencia con que brota una hoja nueva, el canto de un pájaro que adivino y reconozco.
Es en esta conexión, en el verde natural, en el murmullo del agua, en el silencio lleno y en la vibración de la música, donde encuentro el ancla para el espíritu.
Otra parte de mí se llena al contemplar las estrellas. Por la noche puedo quedarme largo tiempo observando el firmamento, midiendo mi propia existencia contra la inmensidad del universo. Las constelaciones, el tenue brillo de los planetas, esas luces ancestrales… todo me inspira una profunda mezcla de paz y curiosidad. Me fascina el misterio del espacio, y siento, sin explicación, que un fragmento de mi alma pertenece a ese cielo.
